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LLÉVAME AL MUSEO PAPI

Cuando nos dirigimos a radio teletaxi a presentarles el proyecto nos dijeron que era imposible la cesión de espacio en radio, ya que ellos cobraban por el tiempo de emisión y eso lo tenían ya cerrado, pero que si nos cedían 5 minutos en la tele.

-Por supuesto. Mucho mejor.

Así que la estrategia fué camuflar en un videoclip (como los que se emitían en esa cadena) el mensaje de que nadie va a los museos. Ahí va.

Para “Llévame al museo, papi”, Trujillano propone un fake de los videoclips de cantantes comerciales y efímeros que copan las parrillas de cadenas de TV musicales, al estilo de la caterva Operación Triunfo. El artista utiliza esta estrategia de camuflaje para infiltrar una lectura inesperada al espectador incauto. En el caso de “Llévame al museo, papi”, el artista apunta el ensimismamiento del mundo del arte contemporáneo y la nula repercusión del museo en la vida del ciudadano.

“Llévame al museo, papi” vehicula esta idea a través de un juego de opuestos; por un lado, se nos presenta a un guapísimo popstar con un tratamiento sofisticado (luces, colores, go-gos) y un montaje complejo; pero repentinamente se introduce el corte de los flamencos bailando en la calle, grabado con cámara en mano y sin efectismos. Para Trujillano éstos últimos representan la creación espontánea y sincera, contrapuesta a lo artificioso, lo vacuo y lo comercial.

Dirección, composición musical, coreografía y letra de Guillermo Trujillano. Como actores tenemos a Kike Salgado (Guillermo Imaginario), Trinidad García (chica1), Pamela Chevalier (chica2), Kizkitza Beltrán (chica3), Olatz de Andrés (chica4), Laura Mestres (chica5), Laura “la bicha” (bailaora), José Casado (bailaor), Bea García (cantaora), Cristian Cantero (guitarrista) y Gorka Ramírez (cajón).

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TORRE CARLINA

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UNA REHABILITACIÓN DE UN ESPACIO MÁGICO.

Me invitan a participar en el MAÇART 10, un festival en el que prima el contacto del artista con la gente del pueblo (y su posterior obra contextualizada). El día que fuí a visitar el pueblo por primera vez me llevaron a la torre Carlina, una antigua torre de defensa abandonada tomada por la vegetación. Enseguida ví que ese sería el lugar en el que realizaría mi propuesta (con los mil eurillos de presupuesto que había).

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La propuesta fué bien sencilla: rehabilitarla en la medida de lo posible para conseguir un nuevo espacio para el pueblo y el festival mediante la instalación de una tarima y, en la parte más baja del interior, una balsa de agua. Durante el Maçart 10 aprovechamos el nuevo espacio para dar un conciertillo y proyectar “cartografía bipolar de cantautores de la habana”. Sirvió también de improvisado refugio el día que se suspendieron los actos por lluvia.

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